Andaba con prisas y decidí comer un bocadillo en la terraza de un bar de barrio. Ví una mesa libre y me dispuse a devorar un mini de ibérico y un pincho de tortilla. Tenía a mano un diario y lo abrí con intención de hojearlo. La terraza era pequeña y la calle silenciosa. Sin proponérmelo me vi inmersa en la conversación de la pareja que tenía al lado. Ella era muy guapa –lo comprobé al marcharme- y él, menos guapo pero aparente, luchaba para seducirla por caminos equivocados. Parecía que cada cosa que él decía –muy pensada y poco certera- estropeaba la situación. Ella, muy suave, le hacía ver que no, que no acertaba, que ella no era así.
Me enternecía aquel esfuerzo; su juventud o su inexperiencia –o tal vez su puntito de soberbia- le impedían ir por la senda acertada. Me explico: el talante era chulito, lo sabía todo. Cada cosa que ella decía –evidentemente se hacía la tonta y la estrecha para dejarle llevar la conversación- él la analizaba y la interpretaba al revés, a lo que ella respondía: "Ah, ¿si? ¿tú crees que es eso?" Pues... yo no me veo así.
La chica fingía no darse cuenta del acoso, se mostraba ingenua y se hacía la tonta, cuando era evidente que la que seducía era ella. Por eso me enterneció él. De vez en cuando el chico le soltaba un piropo, pero mal soltado. Por ejemplo: tienes unos ojos preciosos, pero esa sombra que llevas… ¿no es muy oscura? Se notaba que quería ir de durillo, que no se notara que andaba detrás de ella, pero la atracción o los sentimientos le traicionaban. En un momento dado, él le pregunta si sale con algún chico. Recibe por respuesta un ¿y tú? muy interesado. El chico responde que va con una muy lanzada, que empieza a aburrirle y ella le contesta que no entiende esta moda de irse a la cama el primer día; ella es más espiritual. Sin embargo, cuando ama y se entrega es una fiera. El chico, entonces, se da por vencido y cambia de táctica, se somete.
No puedo recordar las frases concretas pero fue toda una lección de cómo, haciéndose la tonta, dominaba una situación, seducía y controlaba al chico que, no sólo no se daba cuenta, sino que creía que el seductor era él.
En la otra mesa, tres trabajadores maduros se bebían sendos carajillos y hablaban de amor; uno, del amor perdido: su mujer había muerto y vivía con sus tres hijas, pero estaba solo. Los otros le consolaban diciendo que ya encontraría una mujer buena que le “calentara la cama” porque las hijas volarían y no era bueno que estuviera solo. Los otros, con infinita ternura, hablaban de sus respectivas mujeres y de la compañía que se hacían después de pasar por el trago de la marcha de los hijos. “Es que crecen muy deprisa” –comentaban-
Acabé mi bocadillo y me fui dándole vueltas a la vida.
parece que fue ayer
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Parece que fue ayer cuando cumplí los sesenta tacos. Eran las cero horas en
punto, la noche del 4 al 5 de este soleado noviembre, cuando entró en la
habita...
Hace 1 día




